Los bebés con condiciones del desarrollo pueden asistir a sala cuna o al jardín como cualquier otro niño y la edad a la que lo hagan dependerá del contexto y necesidades de cada familia. En algunas ocasiones, cuando el bebé presenta una condición que puede ser identificada al nacimiento, es común que las familias busquen el apoyo de instituciones en las que recibirán servicios de atención temprana y estimulación, por lo que el ingreso al sistema “formal” puede posponerse. Más allá del espacio en el que se reciban estos apoyos, es importante que los bebés puedan participar de espacios en donde se relacionen con otros niños de su edad y cuenten con estimulación y apresto.
Una preocupación que puede surgir cuando el bebé tiene una condición médica es si puede o no asistir al jardín. En estas situaciones es importante apoyarse del equipo médico y tomar la decisión de manera informada, cuidando siempre el bienestar y la salud del bebé. Además, es importante mantener la comunicación entre el jardín, la familia y el equipo médico de manera que se entreguen todas las atenciones y cuidados necesarios.
La educación parvularia o preescolar ha demostrado tener un impacto positivo en el desarrollo de los niños que se extiende más allá de los logros en los aprendizajes escolares. Los niños que tienen al menos dos años de educación preescolar tendrán más adelante en la vida relaciones sociales más satisfactorias, más éxito en el trabajo e incluso mejor salud física y salud mental. Si bien no existe investigación específica en este sentido con personas con discapacidad intelectual, es posible pensar que el impacto de la educación preescolar será igual o mayor, siempre y cuando se les incluya y se les brinden los apoyos necesarios.
En los últimos años de la educación preescolar es muy importante que se trabajen habilidades precursoras de la lectura y de las matemáticas, que faciliten la adquisición de estos aprendizajes en la etapa escolar. En cuanto a los precursores lectores, es importante el trabajo que se hace en el jardín en conciencia fonológica (la habilidad para reconocer, discriminar y manipular los sonidos del lenguaje) y el reconocimiento de las letras (su nombre y cómo suenan), el vocabulario. En cuanto a las habilidades matemáticas es importante que los niños puedan contar, conozcan los números y las figuras geométricas, y que aprendan conceptos como grande – chico, mayor que – menor que, y mucho – poco.
La participación en la educación básica es cada vez más frecuente para los niños con discapacidad intelectual y otras condiciones del desarrollo. Sin embargo, aún queda un camino importante por recorrer para alcanzar una real inclusión de todos los niños en el sistema escolar en Chile, con la entrega de apoyos y ajustes necesarios para que el colegio sea una experiencia enriquecida y en la que se logren los aprendizajes esperados.
El colegio para la edad escolar es un espacio importante en el que los niños obtienen aprendizajes que servirán como base para conocer el mundo, su entorno, su país y muchas cosas más. Pero además, es un espacio en el que harán amigos, ganarán independencia y autonomía y explorarán temas muy diversos que les ayudarán a identificar sus intereses y fortalezas.
Tal vez el primer reto de la escolaridad en esta edad es el aprendizaje de la lectura, especialmente en niños con discapacidad intelectual. La lectura es una habilidad fundamental para la autonomía, pero además será la base para muchos de los aprendizajes en el colegio y luego en la educación superior, por lo que es importante que se brinden al niño o niña los apoyos necesarios para lograrla. Si te interesa conocer más sobre este tema te recomendamos ir al apartado sobre este tema .
Un aspecto central sobre el que es necesario seguir trabajando es cómo lograr que los niños con discapacidad intelectual participen realmente en la educación regular. Esto implica que asistan al colegio como un niño más, con el mismo currículo que sus compañeros, pero recibiendo los apoyos y adecuaciones que necesita para su aprendizaje e inclusión social. Prácticas que aún son frecuentes como la exigencia de tutores “sombra” para asistir al colegio o la no participación en los exámenes estatales como el Simce, deben desaparecer. Además, hay una tarea pendiente en la formación de los profesores, profesionales y la comunidad escolar en general, de manera que se brinden apoyos oportunos y los ajustes razonables basados en planes centrados en la persona.
El paso a la educación media es un momento crítico para los adolescentes con discapacidad intelectual, especialmente para aquellos que asisten a colegios regulares y quienes no han recibido apoyos adecuados a lo largo de los años anteriores. Las dificultades tanto a nivel académico como social que enfrentan los adolescentes con discapacidad intelectual en la educación regular hacen que en esta etapa sea frecuente el paso a educación especial e incluso, la deserción del sistema escolar. Uno de los retos entonces más importantes en la adolescencia es cómo lograr la permanencia en el sistema regular de educación y que puedan finalizar la educación media. Este será un factor determinante en las posibilidades de formación superior y, en consecuencia, las oportunidades laborales en la adultez.
La adolescencia es una época de la vida en la que empezamos a planear lo que queremos que sea nuestro futuro vocacional. No podemos olvidarnos de este aspecto en los adolescentes con discapacidad intelectual. Ellos también deben recibir un acompañamiento en orientación vocacional como sus compañeros, en el que se les ayude a identificar sus fortalezas y debilidades, sus intereses y preferencias y a construir un plan de vida con pasos concretos sobre cómo lograr los objetivos que el adolescente se propone. Este plan debe ser realista, pero no limitarse por las expectativas o prejuicios sobre lo que los adultos pensamos que el adolescente puede o no puede hacer. Este será sin duda un reto para las personas que los acompañamos.
Es común observar que en las discusiones sobre inclusión en la educación superior las personas con discapacidad intelectual no suelen considerarse. Esto se asocia con prejuicios acerca de lo que las personas con esta condición pueden aprender, lo que ha llevado a que las universidades sean espacios vetados para las personas con discapacidad intelectual. Aunque todavía son anecdóticas, existen experiencias en el mundo que demuestran que esta es una creencia errada y que con los apoyos adecuados, la inclusión en la educación superior es posible. Es importante además que las personas con discapacidad intelectual puedan estar en las instituciones de educación superior como un estudiante regular, solo que con apoyos, adecuaciones y ajustes que les permitan transitar por el proceso educativo.
La educación superior, ya sea técnica o universitaria, abrirá espacios laborales y de realización personal a las personas con discapacidad intelectual.